"Al contacto...vislumbré la ausencia"



Hay dos nociones importantes que definen la emigración cubana del último cuarto del siglo XX. La noción de exilio y la noción de diáspora. El exilio, ha significado el desplazamiento geográfico hacia un punto específico predeterminado antes de la partida y, además, un doloroso e inevitable descorrimiento interior. La diáspora, ha implicado un proceso de dispersión geográfica y también, a despecho de pomposos valores tradicionales, una íntima actitud de reafirmación de valores cosmopolitas. Ambas, no menos que un desplazamiento geográfico, han sido también un intenso lanzamiento psicológico para los sujetos que las habitan.

El exilio se ha subordinado a la necesidad de autorreconocimiento en una gloria pasada, transfigurando un gesto natural de mirada retrospectiva en una peligrosa obsesión regresiva. Disgustado por el horror de vivir la vida en otro idioma y tener que dividirse para proteger  lo mejor posible su esencia, el exilio ha avanzado de espaldas hacia el futuro, contemplando con dramática nostalgia todo lo perdido. Y, como se ha visto, esta inclinación hacia el pasado ha provocado una  significativa disociación del presente, invirtiendo la fuerza del progreso en regreso, la evolución en estancamiento.

Vivir en la diáspora, por el contrario, es intuir y evitar que ese encantamiento del pasado nos convierta en estatua de sal. Es por eso que la diáspora se convierte en el viaje alternativo que apunta de frente, hacia la inseguridad de un futuro nebuloso. Según estas nociones, vivir en exilio es desgajar la nostalgia de un tiempo pasado y vivir en la diáspora es especular en la nostalgia de un tiempo que aún está por pasar. El exilio cubano ha realizado su viaje enfocando todo su empeño en solucionar los inconvenientes de un siempre anhelado regreso. La diáspora emprende múltiples viajes abiertos, sin los molestos tormento del "adónde ir" ni del "cuándo, ni cómo regresar". El exilio cubano ha restablecido, imaginariamente, las fronteras de un territorio y una nacionalidad perdidos, a fuerza de enaltecer su etnia y reproducir sus rasgos comunes. La diáspora tiende a rebasar los bordes, a diseminarse en cualquier ámbito, ya geográfico, ya intelectual, ya artístico; es un gesto consciente, una necesidad de transgredir la asfixiante estrechez mental predominante en el círculo cerrado del getto. El exilio es reproducción, material y mental, de un orden marcado por símbolos y tradiciones. La diáspora es desacralización e irreverencia. El exilio cubano tiende a lo pasional, su diáspora al desapego mercurial y conjetural.

Teniendo en cuenta estas particularidades migratorias cubanas, no se debe pasar por alto el hecho de que tanto Sergio Payares como su obra actual, han sido marcados por ese proceso de desterritorialización que han padecido y padecen la cultura y la nacionalidad cubanas. Proceso que ha puesto en juego la práctica del  exilio y/o la diáspora. Si fuera necesario establecer un puente con la obra y la personalidad de este artista, yo sugiero que se tenga en cuenta la noción de la diáspora.

 Sergio Payares no pretende ni recrear, ni recuperar en su obra eso que alguien ha querido llamar "el paraíso perdido de la cubanidad". Con esta postura no criolla, Payares se desmarca de un  exilio tradicionalista destacado en Miami. Ningún trazo de color local, ni de exotismo voluptuoso, calculados para encantar, sobresale en su obra. Que nadie espere encontrar mulatos rumberos, ni frondosas palmeras con fondo de puesta de sol tropical. La obra de Sergio Payares se mueve en otros ámbitos y su lectura plantea un nivel de complejidad conceptual que parte de temas más universales.

En esta serie, por ejemplo, el artista ha continuado trabajando en una obsesión que lo persigue desde finales de los 90s: la comunicación. La comunicación entendida como uno de los grandes paradigmas actuales de la globalización (el contacto) y sus efectos nocivos (las amputaciones, las heridas). Acaso podría entenderse que el hombre, en su afán por desarrollar los más sofisticados instrumentos de comunicación (y ya sabemos que muchos de estos instrumentos son apéndices humanos de dudosa utilidad), ha propiciado el advenimiento de una nueva era tecnológica, donde el culto por ciertos medios ultramodernos de comunicación tiende a deshumanizar el papel y la función original de otros órganos corporales.

Conceptualmente, y partiendo de ciertos presupuestos minimalistas que no tienen otro sentido que evitar lo superfluo, Payares dispone su propuesta a partir de configurar en sus obras acciones ideográficas que hacen de la carencia todo un ideario estético. Este ideario lo reordena visualmente, a través de la composición de grandes planos sometidos a un paciente proceso de veladuras que hacen aparecer y desaparecer ciertas manchas de colores, provocando así un efecto de densidad atmosférica que, junto con los colores pasteles, hacen menos patética y más ilusoria la frágil comunicación entre los despojos de seres sobrevivientes que pueblan sus obras.

La pintura de Sergio Payares está hecha de restos de sueños y ausencias. Acercarnos a ella es iniciar un diálogo silencioso con nuestras propias carencias. Entonces, durante este imprevisible diálogo, sucede algo que nos transporta del mero placer retiniano al ejercicio mental. A esa aventura estética y conceptual los queremos invitar ahora.


Juan Carlos Betancourt Colonia, Alemania